He encontrado este texto por la red de un escritor de Tallahassee (Florida) afincado desde hace veinte tres años en Barcelona. Le he pedido si podía reproducirlo en mi blog porque ahora tengo un vacío creativo y me ha dicho que sí.
Así que aquí dejo un texto de John Lee Dixon dedicado a Marcos Rodríguez Santamaría; según él su gran enemigo de la ciudad condal.
El cantante de blues soy yo
El cantante de blues soy yo. Desgraciadamente ni canto ni bailo.
Aunque él, canta, baila y es negrosentado en una silla de madera antigua, no es el cantante de blues. No lo es porque en realidad tiene un sueldo de Paseo de Gracia y mi sueldo es un sueldo del barrio de la mierda. ¡Así que tío, deja ya de cantar como si te fueras a morir de pena! Maldito hijo puta cabrón…
Mi vida es mucho más auténtica que tu guitarra de doscientos pavos europeos. Mi vida que es una suma de trabajos y literatura de la buena. Mi vida que está fraccionada en muchas partes de la ciudad y en muchos personajes de las calles nocturnas de Barcelona.
¡Deja ya de intentar quebrarte la voz! Maldito hijo de puta cabrón…
Tu chica lleva pieles de animales en peligro de extinción y toma cocteles en los bares snobs del barrio de Gracia. ¿Y tu qué haces? Cantar Work songs a los trabajadores de la Seat para luego irte al Born y pagar una pasta por una cerveza de importación. Eres un ser despreciable...
¡Yo soy el cantante de blues y mi chica es el blues! No se afeita el coño y fuma más cigarros que el cáncer de pulmón. Le mete ostias a mi polla y a cada entrada intenta romper el condón. Así es maldito bastardo, es sucia. Al menos sé lo que es, es blues.
Toco la guitarra como un niño de siete años. Cierto, tus notas son puras, no hay una jodida equivocación. De todas maneras en cada acorde en séptima me dejo el alma y en cada improvisación me sangra el dedo corazón.
Ya puedes tocar como los grandes que yo siempre seré como Billie y tú como Sarah. ¿Conoces la historia de las dos cantantes? Búscala en tu Internet japonés.
Me monto en el metro y tú vas en tu moto cara. Los ves. Tengo que lidiar con personajes chillones que me tiran su putrefacto aliento de moscas en la cara. Tú sólo conoces el viento que mece tu cara a ciento veinte quilómetros por hora en la autopista de la costa. Y luego tus canciones explican historias de seres horribles que no conoces. No tienes vergüenza alguna, maldito hijo de puta cabrón…
¡Negrosentado blanco!
Beberé botellas de vino barato volátiles en mis venas vacías. Tomaré tranvías taimados con tos. Tu, tu, tu tututututu no.
El cantante de blues soy y no lo digo yo. Lo dice mi vida extraña, mi chica dulcemente sucia, mis botellas de vidrio barato rehusado, mis cajetillas de cigarrillos desaparecidos, mis cansados trabajos manuales, mi guitarra vieja de cuerdas oxidadas, mi casa llena de asmático polvo, mis felices pasos arrastrados en la noche fría, mi teléfono móvil silencioso, los agujeros de mis camisas llenas de lejía, mis uñas negras… Todos hablan y tú te callas.
Así que tío, deja de intentar ser el hombre del blues porque el hombre del blues soy yo.